La historia de la tía es un cúmulo de extraños acontecimientos y en ellos pensó aquella noche, cuando sola y deprimida se sentó en una esquina del escenario. Algo fallaba en su vida y las razones estaban involucradas con su pasado. Tomó su celular y llamó a Frankie, un amigo suyo, algo particular, que sabía tanto de plantas, como de horóscopos y claro, de vidas pasadas.
Frankie le recomienda encontrar un lugar especial donde pueda hacer una reflexión profunda y que mejor sitio para eso que la peluquería de Rodrigo, allí en aquel lugar mágico donde se quitan las penas con shampoo, se ahuyenta la tristeza con acondicionador y se limpia el alma con un toque de champoo.
Al final de su terapia cosmética, la tía recordó su adolescencia y todos los sucesos pasaron por su mente como en una pantalla de cine.
El tío, aquel adorable pariente que a los trece años empezó a darle uno que otro regalo impúdico y coqueto, fue el primer actor llamado a escena.
Aquellos adorables muñecos inflables que tanto acariciaban tanto la tía como el tío llegaron a confundir la realidad con el plástico.
En medio de todo esto, la tía, a quien se conocía en este tiempo como Rubí, sabrá Dios por qué razones, estudiaba en un colegio de monjas.
Sor Raimunda, una anciana medio amarilla, medio verde, era la madre superiora de aquel convento y la rectora del colegio, con tantas extrañas manías que no se sabía si su labor era educativa o degenerativa.
Rubí empezó a sufrir trastornos depresivos, pues su moral se debatía entre los placeres que proporcionaba su tío, las divertidas entretenciones de la madre superiora y la verdadera moral que intentaba filtrarse en medio de todo este torrencial de emociones adolescentes.
Nada positivo se logró en todo esto.
La crisis depresiva se alternaba en dos estados anímicos: el primero la ponía tan llorosa como una magdalena, el segundo la excitaba tanto que no tenía rival en técnicas masturbatorias y no había objeto que se llevase a la boca que no tuviera su apariencia fálica.
Con tantos e intrigantes sucesos, sor Raimunda decidió y con la aprobación unánime de la junta de profesores del colegio: ocho monjas y un curita rancio, que lo mejor para Rubí era ser internada en un sanatorio de alto nivel donde se había determinado que la cura para todos los males estaba fundamentada en el consumo y aplique de ajos.
Pero el sanatorio tenía un lado oscuro.
De la mano de dos enfermeras curanderas y libertinas, la joven Rubí cayó presa de una red de prostitución y el ajo que supuestamente era la fuente de todas las curas, resultó ser el olor con el que se tapaba a los parientes los excesos de alcohol y sexo de las internas.
Rubí aprendió el oficio de manera burda y descubrió que en medio de tanta explotación se podía disfrutar tranquilamente de los hombres.
Encontrada la verdadera vocación, Rubí, escapó una noche con la firme idea de sacar provecho de sus conocimientos, sin tener que compartir ganancias con las enfermeras sádicas del sanatorio.
Maltratada por las prostitutas de las esquinas, la tía como se hizo llamar desde entonces, en honor a su amoroso tío, fue conociendo la vida real en las calles y una noche, un tipo adinerado decidió llevársela de allí para enseñarle que se puede ser prostituta, pero con clase.
De esta manera la tía fue literalmente salvada del repudio y adquirió estilo, sofisticación y aquel encanto que dan la buena experiencia y la belleza bien administrada.
Y fue un burdel de lujo donde aprendió todo esto, donde ratificó que el glamour no va peleado con la prostitución.
Brava si, de carácter e imponencia, tal vez, pero del mejor nivel.
Se volvió la mejor diva, porque una diva es una suma del estilo esplendoroso de una dama elegante y del descocado de una vulgar callejera. Su éxito con los hombres se fue haciendo enorme, atravesaba estados, fronteras, países.
Sin embargo, el éxito estaba rodeado también de desafueros, de corazones rotos, de amores estrellados, de colchones salpicados de lágrimas, pero aquello no era impedimento para garantizarle maravillosos momentos de real felicidad, placer o disfrute.
Al fin de cuentas no se pueden valorar los reales estados de benevolencia cuando no se conoce el fondo de la mayor tristeza.
De pronto, cuando le estaban pintando la última uña de los pies, con aquel rojo pasión que adoraba, comprendió que esta terapia había sido la mejor para encontrarse consigo misma, en todas sus facetas, desde la inocente estudiante del convento, pasando por la furiosa amante de las calles para terminar convirtiéndose en lo que era, una diva, una diva versátil, que puede sufrir mutaciones, pero siempre, siempre brillar en el escenario.
Y esa noche, superadas todas las tristezas, con el cabello cepillado como una india cacica, las uñas tan rojas como largas, los labios que ardían como el fuego, un vestido negro azabache que brillaba en la tiniebla y una estola roja, la mar de plumas, salió al escenario y
BRILLÓ COMO UNA DIVA
(a la DERIVA!)
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